Punk Rock City

Estira tu corazón hasta alcanzarme, espero un rayo de sol para esta tarde.Y cuando salga el sol y entre por mi ventana, escurriré mi corazón con ambas manos...Soy la hermana pequeña de tu corazón, mañana vendrás a tomar el sol en Punk Rock City, y cuando salga el sol y entre por mi ventana, me comprarás un bañador en Punk Rock City.

15.1.05

El entierro

En la mañana del tercer día Lulú murió. Andrés salió de la alcoba extenuado [...], entró en el cuartucho donde dormía, se puso una inyección de morfina, y quedó sumido en un sueño profundo.
Se despertó a media noche y saltó de la cama. Se acercó al cadáver de Lulú, estuvo contemplando a la muerta largo rato y la besó en la frente varias veces.
Había quedado blanca, como si fuera de mármol, con un aspecto de serenidad y de indiferencia que a Andrés le sorprendió.
Estaba absorto en su contemplación cuando oyó que en el gabinete hablaban. Reconoció la voz de Iturrioz y la del medico; había otra voz, pera para él era desconocida. Hablaban los tres confidencialmente.
-¡Es lástima! exclamó Iturrioz-. ¡Este muchacho ahora marchaba tan bien!
Andrés al oir lo que decían, sintió que se le traspasaba el alma. Rápidamente volvió a su cuarto y se encerró en él.
Por la mañana, a la hora del entierro, los que estaban en la casa comenzaron a preguntarse que hacia Andrés.
Entraron en el cuarto. Tendido en la cama, muy pálido, con los labios blancos, estaba Andrés.
Sobre la mesilla de noche se veía una copa y un frasco de aconitina cristalizada de Duquesnel.
Andrés se había envenenado. Sin duda, la rapidez de la intoxicación no le produjo convulsiones ni vómitos.
La muerte le había sobrevenido por parálisis inmediata del corazón.
-Ha muerto sin dolor -murmuró Iturrioz-. Este muchacho no tenía fuerza para vivir. Era un epicúreo, un aristócrata, aunque él no lo creía.
-Pero había en él algo de precursor- murmuró el otro médico.

("El árbol de la ciencia", Pío Baroja)