No me enseñes la lección. Ahora ya soy mayor.

Tal día como hoy allá por 1985. En un día así, mi madre me hubiera depertado antes de lo acostumbrado y se habría acurrucado conmigo en la cama, hubiera podido abrazar a mi padre tan fuerte que no cabría ni un alfiler entre él y yo (ahora cientos de kilómetros se cuelan entre los dos), habría sentido cosquillas en la barriga, tendría a todos los seres a los que más quiero a mi alrededor sin excepción alguna, mi madre habría cocinado mi plato favorito, mi padre habría traido al mediodía una gran tarta de bizcocho, nata y caramelo tostado con patitos de colores, guindas y perlas de anís en la parte superior, ellos prepararían sandwiches de crema de cacao y vasos de limonada mientras yo estaría haciendo mil travesuras de las mias, inflaría globos, soplaría las velas, pediría un deseo, cantaría canciones, reiría..., y mi abuela Teresa habría podido felicitarme como tantas veces lo hizo año tras año.
Los cumpleaños son la mera transición entre la vida y la muerte. Un recuento o una cuenta atrás. Una pisada hacia delante o un paso hacia detrás. Un kilómetro que ya se ha recorrido o un kilómetro menos para llegar a la meta, al final del camino. Vuelvo la mirada hacia atrás. Veintinco años de camino que han dado para mucho y al mismo tiempo no han servido para nada. En ese camino me he encontrado con lo más bonito que tengo en la vida, todo aquello que quiero, el calor de los que me acompañan, aquellos que van a mi vera, y sin embargo nunca aprendí la lección. Es con cariño que se combate la vida, y no con aquello que ya desde hace algunos años acostumbro a esgrimir yo: pesimismo, lamentos, inquina, debilidad, hipocondría y aflicción. Pero a veces el cariño no es suficiente. He puesto todo mi empeño y todas mis fuerzas en estos últimos días en mirar la vida con optimismo y con valor, pero cuando vuelvo a estar sola la cobardía y mi condición de debilidad se apoderan de mí. La vida no perdona a los cobardes, y está claro que nunca va a perdonar mi forma de ser. Tampoco me importa, la vida y yo nunca nos hemos llevado bien. Todos mis intentos de llegar a ser una persona cuerda, sensata y equilibrada se han visto varados. Varados por la realidad. No se cual es la fórmula para recuperar aquella condición alegre y sencilla, jovial y despreocupada que una vez me caracterizó. Ni siquiera sé si hay esperanza o no, pero no puedo sentarme a esperar que ocurra un milagro porque cada segundo que pasa es una vuelta que dan las manillas del reloj, la soga se aprieta un poco más y yo me acerco otro tanto al precipicio. No podría soportar que mi inseguridad, mi inestabilidad y mis rabietas llegaran a una situación peor. Me aborrecería más de lo que me aborrezco. Preferiría parar mi corazón. Tal vez sólo con una muerte precoz podría guardar el buen recuerdo de mi existencia. Recordarlo todo como lo recuerdo ahora. Vivir en los recuerdos para siempre. Pero esa no es una opción viable. Por ahora deberé conformarme con volver a buscar refugio en los sedantes, porque sólo sedada es cómo soporto la vida. Eso e intentar no perder la cabeza por otra copa de amarga anestesia. Que me perdonen los hedonistas pero yo siempre fui una estoica, como Andrés Hurtado. Ellos me dirían, como tantas veces me ha dicho mi padre: Pero Elena, ¿tan difícil es ser feliz? Y a mi me lo preguntas. ¿Acaso eres tú feliz? Si tan fácil fuera no estaría en estos momentos malgastando el tiempo en escribir todas estas estupideces.
Pd. Sé que hoy no debería estar triste, no hoy, pero tampoco puedo estar contenta. Ni siquiera esta maldita ciudad me ha querido dar su cara más amable para acompañar mi día. Ha sido un día grisáceo, lluvioso y enturbiado; y unas nubes negras lo han cubierto todo: el cielo, mis sueños y mi corazón.

0 Comments:
Publicar un comentario
<< Home