Déjà vu
Hoy he tenido un déjà-vu de esos que son difíciles de olvidar por la exactitud, la claridad y la veracidad de mis visiones.
De repente, al cerrar los ojos, he vuelto a revivir en mi imaginación aquellas imágenes que pasaron por mi mente de una forma increíblemente nítida en alguna ocasión. El mismo año, la misma ciudad. Mi pelo sigue recogido con aquella horquilla de plata envejecida que todavía conserva esas finas perlas. Otras perlas nacaradas con forma de lágrima luzco como pendientes. El mismo vestido, un vestido blanco con un estampado de flores, y la misma gabardina, aquella de color rojo, un rojo ardiente como el rojo del fuego, un rojo vivo como el rojo del carmín, un rojo radiante como el rojo de la sangre y del corazón. Los mismos tacones, unos tacones negros que me vuelven a conducir en mi soledad por las calles de Shangai hasta aquel club tan kitsch de cortinas y luces rojas envuelto en una atmósfera enturbiada por el humo del tabaco.
Me detengo en la entrada vacilando por un momento. Al fondo sobre el escenario aquella cantante engalanada con aquel precioso vestido rojo sigue entonando la misma triste melodía… Camareros, grupos de gente, parejas y un elegante y solitario hombre. La melodía persiste, aquella bonita y triste melodía que nunca cesa… Mujer, si puedes tu con Dios hablar, pregúntale si yo alguna vez te he dejado de adorar; y, al mar, espejo de mi corazón, las veces que me ha visto llorar la perfidia de tu amor...
Aquel hombre… Aquel hombre del traje negro y la camisa blanca… de la corbata desanudada. Aquel hombre que sostiene un cigarro en una mano y una copa de licor en la otra. O tal vez sea un Gimlet lo que contiene su copa…
¿Por qué no entrar y dejarme envolver por el humo? ¿Por qué no compartir una copa con ese hombre solitario? ¿Por qué no compartir con él un baile al son de esa incesante melodía, al ritmo de esa canción? O incluso… ¿por qué no compartir nuestra soledad? Es entonces que sin dudarlo ni un momento más reinicio mi marcha al paso que marcan aquellos tacones negros sobre los que me elevo para abrirme paso entre el humo, entre las mesas, entre los camareros y seguir el camino que me lleve hasta aquel solitario desconocido.
Nota: Este blog podría ser la continuación de aquel que que publiqué el 25 de octubre del año pasado. De hecho lo es, y no tanto por mi voluntad sino por voluntad del destino. Pues es el destino quien ha querido que aparezca este elegante y apuesto desconocido que me ha devuelto la ilusión de tal vez poder compartir esas tristes y bonitas historias de amor que de vez en cuando rondan mi mente.
Audio: Nat King Cole - Aquellos ojos verdes


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